Con ocasión de un encuentro inesperado con la “Señora de Negro”, quien preocupada por mi exagerada ansiedad me invitó a seguirla a su mundo ignoto; me cuestioné nuevamente sobre el sentido de nuestra existencia. Quise compartir este ejercicio con ustedes porque todos tenemos piezas del rompecabezas que debemos intercambiar.
Por primera vez no sentí miedo del “más allá”, pensé: -Aquí se termino todo para mí, no existo más, no hay más allá, tampoco infiernos, ni cielos, ni reencarnaciones… nada a este nivel de conciencia y si nada existe… nada hay que temer.
Si ese es el caso, nuestra misión aquí es única, efímera, intrascendente, salvo que le demos importancia a la construcción cultural, intelectual y científica que vamos viendo en la humanidad… la civilización a la cual aportamos nuestro pequeño ladrillo. Ladrillo que debe estar pegado con mucha responsabilidad social, ambiental, política y emocional. Nuestro corto vuelo por este planeta debe ser amable, gracioso, pacifico, con mucho respeto por la igualdad de todos, por la libertad y sobretodo con un respeto serio por el planeta. Nuestra huella ecológica debe ser mínima, nuestros hijos y nietos deben disfrutar la tierra igual que nosotros.
Más adelante una nueva idea se instaló en mi mente. Es posible que yo no sea este cuerpo a punto de fallar. El muñeco de barro se destruye, pero que tal si yo soy el barro y trasciendo. El bombillo se quebró pero que tal si yo soy la energía que produce la luz.